SAPOPARAO
SAPOPARAO
Por Álvaro Agudelo
Alberto Burgos: Cortesía
material fotográfico y planos
En los años 20, 30 y 40, las prácticas deportivas
se limitaban al tejo, la pesca y la caza, auspiciadas por la riqueza de fauna
en bosques y ríos; era normal encontrar venados, cafuches, borugos, tigrillos,
pumas, nutrias y una que otra ave indicadora de alimento abundante en el rio.
Pescadores y cazadores sabían de sitios estratégicos donde la topografía y la
feracidad de la tierra, permitían asegurar éxito en el emprendimiento, no sin
contar que tales parajes tenían riesgo incorporado, pero también le dieron
nombre a la región, como el lugar que nos ocupa: Sapoparao sobre el rio Calandaima, un pescadero natural,
similar al salto de Honda (para la época municipio de Viotá y desde 1950 Apulo),
y era de conocimiento ancestral, zona marcada con un petroglifo panche (diseños en las rocas en
bajo relieve) (un batracio augurio de
abundancia de alimentos, razón del nombre); seleccionar el lugar implicó una serie de particularidades:
terreno plano, agua cerca, rocas para
efectuar practicas posteriores de conservación, desvicerado y moqueado o
ahumado de los peces, utilizando hojas verdes sobre las brasas; asimismo, se crea
encima las carnes una capa negra de humo
que ayuda en la preservación, evitando daños por enfermedades y plagas en un
lapso de 3 meses. Y es que, al lado existe una caída, una especie de cascada de
un 45% de pendiente en un trayecto de 200 metros (una formación geológica similar
a la de Rompecalzones, 12 kilómetros arriba), la cual en la subienda o desove obligaba
a los peces a orillarse para poder superar el obstáculo, facilitando la pesca.
El lugar perdió el interés a raíz de la
construcción de la presa de La Naveta de 12 metros de altura que impide el paso
de peces, desde 1930.
En esa área, en 1942 un joven campesino, Antonio
Romero Monguí, aguaitando una boruga al pisar, sintió que algo se fracturó; al indagar
encontró dentro de una cerámica una pieza metálica con forma de sapo que pesaba 4,200 gramos, los no
entendidos dijeron que era una tumbaga (aleación de oro y cobre), es decir, un sapo
de cobre, que le fue ofrecido al Banco de la República de Girardot, en donde se
vendió como oro de 24 quilates, una suma considerable, si se relaciona con el
valor de una res de 20 arrobas, alcanzaba para comprar 250 animales. El 8 de
septiembre de 1942, fue noticia de primera página del periódico El Tiempo.
Si comparamos con otros hallazgos este hecho impresiona:
la Balsilla muisca encontrada en Pasca, pesa 290 gramos. La historia dice que Don
Pedro de Heredia desenterró en un cementerio Sinú una figura con forma de
puercoespín de 4 arrobas, según el Coronel Joaquín Acosta lo afirmó en su Compendio
histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada (1850).
Curiosamente, al preparar la monografía de
Viotá (2004), se quiso ilustrar con una
fotografía de la escultura encontrada, A la solicitud, la respuesta que dio el
director del Museo fue que había sido fundida, porque no había Museo del Oro; ¿quién
mintió?, porque la diferencia de valor entre el metal puro y una obra trabajada,
puede ser hasta de 20 veces o más; el Museo fue creado en 1939, quizás pensando en el
error de don Carlos Holguín que regalo el Tesoro Quimbaya en 1893 a la reina de
España María Cristina de Habsburgo, es
decir, el sapo brincó para siempre a los ojos de los colombianos, reposando en
algún anaquel de alguna familia poderosa, que se precia de antepasados
conquistadores.
Apulo debe declarar el lugar Patrimonio
Cultural y convertirlo en sitio de interés turístico.
Palante, que
palante brinca el sapo, aunque lo puyen de frente.
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